Tanta piel revuelta, tanto pelo sudado, tanta oscuridad pecaminosa en aquella suntuosa habitación de hotel. El sonido sordo de un ventilador amordaza a la vergüenza y complota con la impudicia. Una camisa arrugada por aquí, unos blue jeans sobre el sofá. Un sostén igual a todos perdido en la alfombra y un acaudalado boxer a los pies del engaño. Zapatos de taco aguja rojos de lujuria, zapatos negros dignos de un lord inglés. Una remera con escote que alimenta colgando del velador y un saco antes impecable tirado a un costado. Más allá, carne con carne, el marido de otra y la mujer de nadie se mezclan.
De repente, la ingenua hace sonar su estridente voz. La luz de la luna entra por la ventana y la oscuridad se esconde en los rincones. – No atiendas -.La lascivia tira de las sábanas pero no puede apaciguar a la culpa. – Déjalo que suene -. La moribunda conciencia de un marido corrompido duda pero ¿qué puede hacer él contra los delgados brazos que ahora lo rodean? – Debo atender -. El recuerdo de un rostro perdido lo impulsa.
- ¿Hola? Hola amor. No, hoy voy a llegar tarde. Si, tengo mucho trabajo todavía y no creo que llegue a cenar. Bueno, no me esperes. Yo… yo también te amo. Adiós -.
Vuelve la oscuridad con una macabra sonrisa en el rostro victorioso dispuesta a cobijar este pacto entre desconocidos. Ella por dinero y él por placer.
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